Así sonaba la Romería de la Virgen de la Cabeza en el siglo XVII
Información gracias a la investigación de Juan Antonio Garcia Mesas -Doctor en Historia y Ciencias de la Música. Profesor Superior Dirección de Orquesta y Composición
Viernes en Andújar: recepción de cofradías
Nota previa: tanto los audios como los vídeos de esta serie, son de producción propia creados a partir de la recuperación de datos históricos y de investigaciones musicales sobre estilos e influencias de la época.
Por definición, una romería es un viaje o peregrinación con un motivo religioso, que suele realizarse en grupo hacia un santuario, ermita o lugar sagrado en honor a una advocación de la Virgen o de un santo. Este desplazamiento se hace por devoción y fervor religioso, y suele estar acompañado de celebraciones populares, festivas y tradicionales cuando se llega al destino. La romería de la virgen de la cabeza debido a la distancia respecto a Andújar de tres leguas se desarrolla desde finales del siglo XIV en dos días en su santuario en el cerro de la cabeza de Sierra Morena. Este trayecto requería anticipar la celebración al menos un día de vísperas para preparar el acceso a la ermita o santuario como es el caso, así el viernes previo se convertía en el momento en que la ciudad de Andújar recibía al resto de cofradías que llegaban a la ciudad para emprender el camino de peregrinación al día siguiente junto la cofradía matriz.
En el año de 1675 se estima que la presencia de romeros en la fiesta estuvo entre diez mil y quince mil personas de manera que la romería comienza en Andújar dos días antes al último domingo de abril en los que la ciudad se esfuerza por convertirlos en los días más espléndidos del año, es decir, el viernes de vísperas comenzando con la recepción de cofradías en la ciudad de Andújar. Con anterioridad al siglo XVI la romería se celebraba durante el mes de agosto, o en otras fechas según algunos historiadores, pero debido a las duras condiciones climatológicas se consideró idóneo que pasara al último domingo de abril. Para situarnos en aquella época y entender la realidad de los devotos, es interesante conocer la situación social, política y económica de España de aquellos años.
En 1675 reinaba Carlos II que era menor de edad bajo la regencia de Mariana de Austria, con un poder muy debilitado y fragmentado y un país sumido en una grave crisis estructural, con un estado crónicamente endeudado. Hasta ahora el imperio conservaba territorios en Europa y América, pero la capacidad militar y diplomática estaba muy reducida, de manera que España perdía hegemonía respecto al siglo anterior. La religión controlaba la educación, la moral pública y buena parte de la vida cotidiana donde la inquisición seguía activa si bien era más burocrática que represiva, de manera que la fe no solo era un tema espiritual, sino un elemento político, social y cultural. Por tanto, hay que pensar que, durante ese periodo de agotamiento económico y fragilidad social, la religión no solo era un sistema de creencias si no un mecanismo de supervivencia emocional. Las prácticas devocionales crecen por la necesidad de encontrar un apoyo ante la indefensión y en este periodo, la necesidad era especialmente intensa pues la Virgen de la Cabeza era para los devotos una presencia emocionalmente accesible que reforzaba la sensación de amparo a la que pedir consuelo, protección frente a enfermedades, pobreza y una figura cercana que ejercía como psicología colectiva.
Volviendo a la romería y retomando el devenir romero –el viernes previo por la tarde–, realizan su entrada en la ciudad las diferentes cofradías que tanto a pie como a caballo y con especial lucimiento de todas partes de Andalucía, realizan un desfile ordenado partiendo desde la torre Tocada, que era una antigua torre unida a la muralla situada en la que hoy es el comienzo de la calle Tiradores en el paseo de las Vistillas, porque los que vienen desde Castilla la Mancha y Extremadura pasan directamente a través de pasos por la sierra hacia el Santuario. Andújar en ese año, contaba con una población aproximada entre 5000 y 6000 habitantes lo que suponía un aumento considerable durante la llegada de los romeros a la ciudad y que daba lugar a que fueran alojados en casas particulares por la generosidad de los vecinos durante la noche del viernes de romería.
El desfile de las cofradías hacia el centro de la ciudad de Andújar era todo un espectáculo donde la ciudad se engalanaba, las ventanas y miradores se adornaban y las señoras más pudientes marchaban subidas en carrozas mientras, otros ciudadanos se situaban en las puertas y calles para ver entrar a las cofradías. Los grupos cofrades se afanaban por aportar sus mejores argumentos festeros, como eran los estandartes de diferentes colores, banderas y enseres de la cofradía e incluso pequeños grupos de músicos acompañaban amenizando cada momento del desfile. Un acontecimiento como este no se entendía sin la presencia de la música que era capaz de elevar el ánimo y aumentar el fervor y la alegría de la fiesta. Así, cada cofradía intentaba aportar su parte musical a la fiesta y las más modestas llevaban instrumentos de percusión como atabales, tambores o panderos de distinto tipo que amenizaban el recorrido.
El acompañamiento musical en general venía definido por clarines, tambores, chirimías, trompetas, que dependían del potencial de cada agrupación devota. Otras cofradías llevaban vigüelillas, flautas, trompetillas y percusión, acompañadas también por los disparos de escopetas. Una particularidad era que algunas cofradías llevaban instrumentos artesanales silvestres, algunos conocidos como flautas de distinto tipo y otros inventados por los propios portadores sin tono de afinación temperado. Andújar en su función de cofradía matriz, aportaba músicos de las dos Capillas de Música existentes en la ciudad, y además el “doctor Christobal Díaz, sacerdote ejemplar sacó durante aquellos años la escuela de niños cantando letanías y coplas de la Concepción de Ntra Señora, que eran como una especie de rondeles cuya versión culta era el rondó, y que consistía en que el grupo repetía un mismo fragmento y un solista alternaba letras distintas sobre una misma melodía, y podía durar el tiempo que se considerase oportuno pues era una ronda interminable de coplas. Este estilo coplero permanece soy en día en nuestras fiestas sin bien con grandes diferencias. Parece que en aquellos años existía la costumbre poco ética de proferir insultos entre romeros y para evitar que ello tomara preponderancia, se optó por incorporar al desfile la escuela de niños que cantaban en aquellos lugares donde los insultos eran más relevantes o perceptibles, mitigando el efecto de estos en la medida de lo posible.
La importancia de la música y los instrumentos queda reflejada en los documentos históricos que referencian el papel preponderante que asumieron durante el desarrollo de toda la fiesta. Al llegar al Ayuntamiento y tras momentos intensos de hermandad y fervor romero, las diferentes cofradías se retiran a descansar para emprender el camino de peregrinación hacia el santuario de la Virgen de la Cabeza…la reina los espera.
La investigación junto con la necesidad de recuperar aquellos sonidos perdidos en el tiempo nos lleva a generar una recreación sonora que posiblemente pudo haber sonado en aquella tarde/noche del día 26 de abril de 1675. Escúchala con oídos de aquella época…







