Monturque

Monturque es un pequeño municipio, asentado sobre la cumbre de un cerro testigo de poca altura, en la parte más meridional de la campiña cordobesa y a unos sesenta kilómetros de la capital de la provincia, cuya población en la actualidad apenas sobrepasa los dos mil habitantes.

La ermita de Ntra. Sra. de la Cabeza de Monturque

Extramuros de la villa, en el sitio más elevado del paraje y rocoso promontorio conocido como la Madre de Dios, un viejo muro de mampostería con forma irregular (entre 3,50 y 4,50 m de largo; 5,50 de alto y 0,80 m de ancho), desafiante al paso de los años y casi a la ley de la gravedad, constituye el signo más visible que aún se conserva de lo que otrora fuera la ermita de Nuestra Señora de la Cabeza.

Semiocultas entre la maleza que se cría en el lugar y a ras del suelo, también pueden apreciarse las líneas de sillares de piedra caliza que sirvieron de cimientos de esa construcción, conformando una planta rectangular de 17,50 x 10,00 m. que queda dividida longitudinalmente en dos espacios desiguales por otra alineación de sillares, en uno de los cuales se ubicaba la iglesia propiamente dicha y en el de menor anchura la vivienda del santero que existía adosada a la misma. (Córdoba)

Cofradía Monturque

La titular de esta ermita era la cofradía del mismo nombre, cuya fundación en la localidad debió producirse en torno a mediados del siglo XVI, sumándose así a las de otras limítrofes donde ya existía esta advocación desde algunos años antes (Lucena, Aguilar de la Frontera y Cabra), gracias a la fama de milagrosa que, desde su aparición en la ciudad de Andújar en 1227, muy pronto adquirió la imagen de Nuestra Señora por estos territorios; y por el auge de la popular romería que tiempo después comenzó a organizarse en su honor. Así, sabemos que la cofradía de Monturque asistió por primera vez a la romería andujareña en el año 1566, y que procedió a edificar su propio templo a finales de esa centuria, siendo inaugurado y bendecido el 19 de mayo de 1598 con los rituales propios de este tipo de actos, tras la preceptiva autorización episcopal para ello.

A principios del siglo XVII la Cofradía agrupaba alrededor de ochenta hermanos, los cuales contribuían a su sostenimiento con una cuota anual de 16 maravedís cada uno; que junto con las limosnas, tanto en metálico como en especie, que esporádicamente ofrecían algunos devotos o que se reunían en las postulaciones que se organizaban, y el producto del arrendamiento de dos aranzadas de viña -dádivas, tal vez, de algún legado testamentario- constituían las principales fuentes de ingresos con que se contaba para hacer frente a los pagos que de manera regular debían realizarse y a otros excepcionales que se iban presentando. Entre los primeros, cabe destacar los originados por la celebración de la festividad en honor de la Virgen, el lunes posterior a la Pascua del Espíritu Santo o Pentecostés, con una solemne función religiosa y el desfile procesional de la venerada imagen; así como los que conllevaba el viaje y la estancia de los cofrades que, con la tienda de campaña, asistían a la romería de Sierra Morena.

Un hecho de especial relevancia tuvo lugar en 1628, cuando la Cofradía se transformó también en penitencial tras la incorporación a su patrimonio de la figura de un Cristo yacente y con los brazos articulados; con el que el Viernes Santo, a la caída de la tarde, comenzó a hacerse una representación del Descendimiento de la Cruz, que continuaba con el correspondiente recorrido por las calles del pueblo. Este y todos los demás ceremoniales que habitualmente tenían lugar en la ermita debieron interrumpirse a finales de ese mismo siglo, debido al derrumbe que sufrió gran parte de la misma. Ello obligó a acometer unas importantes obras de rehabilitación que duraron varios años y que supusieron un desembolso total de 1.140 reales; cantidad bastante importante para su Cofradía, por entonces muy castigada por los efectos de la devaluación monetaria decretada en nuestro país en 1680, y especialmente por la terrible epidemia de peste sufrida por la localidad al año siguiente, que sesgó la vida de una quinta parte de sus habitantes, y que resultó determinante para la desaparición de otras dos iglesias que existían en la villa en aquella época: la de Santa Ana y la de San Sebastián.

Recuperada de esos contratiempos, durante la mayor parte del XVIII la Cofradía y, por ende, la ermita volvieron a vivir una etapa de relativo esplendor, donde se constata un paulatino aumento de sus ornamentos y demás enseres; hasta llegada la última década del siglo, cuando de nuevo volvemos a encontrar a la primera sumida en la pobreza y a la segunda en un estado de inminente ruina, consecuencia, en parte, del carácter prácticamente familiar en que aquella había derivado, y que provocó una dejadez en su administración tras el fallecimiento de quien durante los años inmediatos anteriores había sido su hermano mayor, y ante la indiferencia del vicario parroquial de entonces para solucionar el problema. Tampoco podemos olvidar los posibles efectos negativos que pudo causar la conocida y aciaga orden de 1773 de la Real Chancillería de Granada, que dispuso la suspensión de todas las cofradías de la Cabeza tras la denuncia interpuesta por el cura de Montoro –curiosamente, de madre monturqueña– y la prohibición de la romería en Sierra Morena, a la cual ya llevaba sin asistir ninguna representación local desde hacía bastante tiempo; si bien, debemos señalar que durante el período que duró dicha suspensión esta Cofradía había seguido funcionando, aspecto que era conocido por el propio visitador general del obispado, según se desprende de la revisión que efectuaba de las cuentas que periódicamente se le presentaban para su visto bueno.

De esta manera, tenemos que en 1808 dejaron de celebrarse las ceremonias y otros actos religiosos en la ermita, la cual sufriría un progresivo abandono y deterioro, que culminaría con su expropiación y la de otros bienes inmuebles de su ya extinguida cofradía por la aplicación de la ley de Desamortización de Mendizábal de 1836; y que tan solo el paso del tiempo acabaría por reducir a los escasos restos que aún permanecen y que al principio de este artículo reseñamos. Respecto a las imágenes que allí se albergaban, todavía se conserva en otra iglesia del pueblo, aunque bastante estropeado, el Cristo yacente que hasta mediados del siglo pasado se estuvo sacando en procesión en la Semana Santa; pero, desgraciadamente, la imagen de vestir de Nuestra Señora de la Cabeza, trasladada en su momento a la parroquia de San Mateo junto con algunas otras, desapareció para siempre a finales del XIX.

Fuente: Francisco Luque Jimenez, Mirando al Santuario 2010