CERÁMICA ANDÚJAR

La tradición alfarera y ceramista de Andújar

Por momentos es posible vislumbrar aquella ciudad laboriosa, poblada de andujareños y andujareñas —muchas de ellas especializadas en la decoración de las piezas— que trabajaban en las diferentes ollerías. Andújar fue durante siglos un centro alfarero de primer orden, cuya producción alcanzó una enorme repercusión y fama por su calidad, singularidad y belleza. Una relevancia tal que resulta difícil de abarcar en toda su magnitud, pero que ha quedado reflejada en documentos históricos, en la literatura, en el arte, en el cine, en la arquitectura y en la memoria colectiva.

La alfarería andujareña en la historia

Las crónicas dan cuenta del prestigio alcanzado por la cerámica de Andújar ya en época bajomedieval. Entre 1497 y 1499 se encargan para la Alhambra de Granada azulejos realizados por maestros azulejeros de Andújar, destinados a las Casas Reales y a la Sala de Quadras (Guardas) del Palacio de los Leones. El 23 de octubre de 1497 se pagan 2.530 maravedíes a Juan Ruiz de la Cruz, vecino de Andújar, por “doze varas de azulejos que del se conpraron para los Bañyos de las Casas Reales de la dicha Alhambra y del traer los dichos azulejos dende la dicha Andújar fasta las dichas Casas Reales”. Este documento no solo acredita la calidad técnica de los talleres andujareños, sino también su integración en los grandes programas artísticos del Reino.

A comienzos del siglo XIX, en el tomo III de la obra Variedades de Ciencias, Literatura y Artes (Madrid, 1805), aparece el ensayo titulado De los búcaros y alcarrazas de Salvatierra, Andújar y La Rambla que sirven para refrescar el agua. En él se describen las técnicas empleadas en la ciudad y se elogia la belleza y funcionalidad de su cerámica, especialmente aquellas piezas destinadas a refrescar el agua, tan valoradas en climas cálidos.

Cerámica de Andújar en la literatura y el saber popular

La cerámica andujareña dejó una profunda huella en la literatura y en el refranero. Lope de Vega, según refiere el folclorista y cervantista Francisco Rodríguez Marín, escribe el célebre verso: “agua que serenó barro de Andújar”, expresión que resume poéticamente la excelencia de sus alcarrazas. El mismo verso es recogido por Leandro Fernández de Moratín en la oda A Claudio.

Refranes, ensayos, actas de simposios y estudios especializados dan cuenta de esta nombradía, que traspasó lo local para convertirse en referente cultural a escala nacional e internacional.

La alfarería de Andújar en la pintura

Numerosos artistas han inmortalizado piezas de cerámica andujareña en sus lienzos, convirtiéndolas en protagonistas silenciosas de bodegones y escenas costumbristas. Destaca La niña de la jarra (1928), de Julio Romero de Torres, donde María Teresa López —modelo también de La Fuensanta de los billetes de cien pesetas y de La chiquita piconera— sostiene una jarra de cuatro picos y cuatro asas, esmaltada en azul y ocre, con toda probabilidad procedente de Andújar. La obra se conserva en el Museo Julio Romero de Torres de Córdoba.

En el Museo del Prado se encuentra el Bodegón con peritas, pan, jarra, frasco y tartera (1760), de Luis Egidio Meléndez. La jarra representada, por sus características formales, se atribuye con probabilidad a la producción andujareña.

También Joaquín Sorolla, gran coleccionista de cerámica, representó piezas de Andújar en su pintura. En una obra de 1900 aparece claramente una cerámica de esta procedencia, y en su colección personal —hoy perfectamente catalogada— se documentan varias piezas andujareñas, lo que confirma el prestigio que tenían entre los artistas e intelectuales de su tiempo.

Julio Romero de Torres
Pedro Rodríguez de la Torre
Jaén, 1847 – 1878. Zaragoza, 1915

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Óleo sobre lienzo.
La importancia de la cerámica de Andújar mucho ha tenido que ver con la cotidianidad, es decir, en la mayoría de los casos las piezas a pesar de su profusión decorativa de abandonaban su carácter utilitario.
Esta pintura de tipo costumbrista está ambientada en el viejo mesón la Parra de Jaén. Centra la escena el barbero que corta el pelo al muchacho mientras la madre cuestiona si su hijo alcanzará para librarse del servicio militar.
Pero sin duda lo que nos llama la atención de la obra es la maravillosa Jarra de Cuatro Picos o Jarra de Jarrero con base que aparece al lado izquierdo. La jarra, gracias al detallismo de la pintura, muestra la clásica escena de la aparición de la Virgen de la Cabeza al Pastor de Colomera.
Otro ejemplo más de la importancia que la Cerámica popular andujareña ha tenido a lo largo de los siglos.

Julio Romero de Torres
Pedro Rodríguez de la Torre , Jaén, 1847 – 1878. Zaragoza, 1915

FUENTE: Asociación Amigos de la Cerámica de Andújar

«LA NIÑA DE LA JARRA», 1.928.
María Teresa López, la misma modelo de la Fuensanta de los billetes de cien pesetas, y de La chiquita piconera (último cuadro del pintor Julio Romero de Torres), aquí está sosteniendo una jarra de cuatro picos y cuatro asas, esmaltada en azul y ocre, muy similar a las que en Andújar llaman «jarra de estudiante» (según la descripción realizada por estudiosos de la obra del genial pintor cordobés). El cuadro pertenece a la serie que el artista tituló «Chiquitas buenas».
Es un óleo y temple sobre lienzo que puede contemplar en el Museo Julio Romero de Torres, de Córdoba.

Fuente: Pasión por Andújar- Ángel Cabezas Amurgos

La alfarería andujareña en el cine

La relevancia simbólica de la cerámica de Andújar alcanza incluso al cine contemporáneo. En la película Oro (2017), dirigida por Agustín Díaz Yanes y ambientada en la conquista de América en el siglo XVI, se narra la travesía de un grupo de soldados en busca de una mítica ciudad de oro. Inspirada en las expediciones de Lope de Aguirre y Núñez de Balboa, la película concluye cuando los protagonistas llegan a la ciudad que creen El Dorado y descubren que los reflejos áureos que observan son solo como los que despiden “las alcarrazas de Andújar”. Esta referencia subraya la fama que ya tenía entonces la alfarería andujareña, asociada al brillo, la pureza y la excelencia.

La cerámica en la arquitectura y el urbanismo

La huella de la alfarería también se percibe en la propia trama urbana de Andújar. La principal calle de la ciudad se denomina Ollerías, nombre que no es casual, sino reflejo del antiguo nomenclátor urbano que indicaba la localización de los distintos gremios. Este dato evidencia la importancia económica y social que tuvo el sector alfarero.

Asimismo, la producción de ladrillos, tejas y azulejos vinculó estrechamente la cerámica con la arquitectura, tanto popular como monumental, contribuyendo a configurar la imagen histórica de la ciudad y su entorno.

Cofradías, devoción e identidad gremial

En Andújar existe constancia de que el 19 de julio se celebraba la festividad litúrgica de Santa Justa y Rufina, patronas de los alfareros y ceramistas. En la ciudad hubo una cofradía que acogía a alfareros, azulejeros y olleros, así como a quienes elaboraban ladrillos y tejas. Esta cofradía debió de tener una notable significación, pues participaba con sus imágenes en la procesión del Corpus Christi.

Inicialmente estuvo establecida en el Convento de Santa Ana, de los Franciscanos, y desde 1662 —según recoge el historiador del arte Tomás de Jesús Porras— se trasladó a la Parroquia de San Miguel Arcángel, donde permanecieron sus imágenes titulares hasta su destrucción durante la Guerra Civil.

Andújar en los museos del mundo

Un claro ejemplo de la relevancia de la alfarería andujareña es su presencia en importantes colecciones museísticas. Destacan el Museo Nacional de Cerámica de Sèvres, en Francia; el Museo Nacional del Traje y el Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico (CIPE), en Madrid; y, como señala el historiador e investigador especializado en cerámica Alfonso Pleguezuelo Hernández, las galerías del Victoria and Albert Museum de Londres, cuya colección cuenta con unas 34 piezas procedentes de Andújar.

Conclusión

La alfarería andujareña es una parte esencial de nuestra identidad y de nuestra cultura. En ella se entrelazan historia, arte, devoción, trabajo y memoria. Sin reconocernos en esta tradición, sin asumirla como propia y viva, corremos el riesgo de convertirnos en una simple fachada sin corazón.


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